«Los alumnos acudían a la escuela con un leño para la estufa»

En algunas zonas rurales, las clases se impartían en una vivienda. En la planta baja vivían los maestros, y el piso de arriba estaba habilitado con pupitres, una pizarra y una tarima. Los alumnos conocían a los 6 años la que sería su clase hasta los 14. Acababa de empezar 1920, pero la situación se mantuvo hasta finales de los 60.
Así pasaba en el Verger, donde Carmen entró como alumna y adquirió las enseñanzas que luego impartiría a otros pupilos de la localidad, cuando era ya una maestra.
Todas las niñas del pueblo se reunían en la misma clase, fuese cual fuese su edad, y lo mismo sucedía con los chicos. Eran escuelas unitarias. «Cuando entré al centro de estudios, las mayores me enseñaban, porque la maestra no daba abasto», narra Carmen.
«A las niñas de 6 años empezábamos a enseñarles las letras, mientras poníamos trabajo a las mayores, cuentas o problemas. Luego venían las de 10 años y tenías que darles otra tarea», recuerda Julia, otra antigua maestra.
A la hora del recreo, los estudiantes se ponían en fila para rellenar sus vasos con leche. En un contexto de pobreza, era una forma de conseguir que tuvieran una ración de calcio diaria. En invierno, la entrada a la escuela de Julia seguía otro ritual diario. «Los alumnos acudían con un leño para la estufa», indica.
«No teníamos patio, pero tampoco había coches, por lo que salíamos a la calle. Y las chicas jugábamos al sambori y a saltar a la cuerda», explica Carmen. También en el descanso de media mañana estaban separados niños y niñas.
Los libros de texto todavía no se utilizaban. Las clases, que internamente se separaban en tres niveles, funcionaban con enciclopedias, más gruesas conforme mayor era el nivel. Los alumnos seguían un orden de edad a la hora de sentarse, y así era más sencillo impartir la materia. Julia recuerda que las enciclopedias tenían «de todo», desde gramática hasta matemáticas, pasando por la geografía, la historia y la religión. Sin embargo, advierte que los padres querían sobre todo que instruyeran en lengua y en hacer cuentas.
En su época de alumnas, la tinta se fabricaba en clase, vertiendo el contenido de un sobre en una botella de cristal. El uso del plástico en el material escolar todavía no era frecuente. No había bolígrafos, y las estilográficas eran todo un lujo. Con un palo de madera que acababa en una punta de hojalata, mojaban en el tintero.
Por aquel entonces, la de maestro era una figura autoritaria y muy respetada por los habitantes del pueblo. El lema «la letra con sangre entra» estaba extendido, y los enseñantes disponían del permiso de los padres para pegar a los alumnos en la mano con una regla si no se sabían la lección. Pero este método no era siempre aplicado, además, Carmen asegura que «todavía no había gamberros. Creo que ni la palabra se había inventado. Las alumnas me llamaban doña y se levantaban de sus pupitres para hablar», añade para explicar las costumbres.
De vez en cuando el inspector aparecía por sorpresa y empezaba a preguntar la lección a los alumnos. Era el único control externo, ya que el maestro era él sólo el dueño del recinto escolar.
Carmen recuerda el momento en el que adquirió su primer cuaderno. Fue en un ultramarinos, aquellas tiendas que vendían desde zapatos hasta lapiceros, y compró el único modelo que tenían. «Me acuerdo que en la portada, lo primero que aparecía era el abecedario. Era de imprenta, y lo encontré imposible de aprender». Luego se dio cuenta que ir a la escuela le gustaba, hasta el punto de no dejarla acabados los estudios.
Y lo mismo le pasó a Julia en lo referente a su escenario laboral. Ella rememora que su padre le contaba la situación de los docentes a mediados del siglo XIX. Por aquellas fechas, apunta que el ayuntamiento era el encargado de pagar a los que impartían educación primaria. Les daba una peseta diaria. Y de ahí viene el refrán: «pasar más hambre que un maestro de escuela».
El jueves por la tarde era día festivo, pero el sábado había clase mañana y tarde. El penúltimo día de la semana era tiempo para rezar.
A partir de los años 70 llegaron las mesas horizontales, los libros de texto. Vivienda y escuela ya no compartían edificio, y esos espacios se adaptaron a otros servicios. Se implantó la enseñanza mixta y cambiaron las costumbres, porque lo mismo pasó con las necesidades. Y hoy en día, de las viejas escuelas lo único que queda, cuando queda, es la fachada.

Fuente: lasprovincias

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