Los maestros aún cuentan

En Twitter ocurren muchas veces cosas inesperadas. Y lo bueno es que no hay que irse a los confines del mundo para comprobarlo. Por ejemplo, el otro día recibí del amigo @cpaez01, que es Carlos Páez, un tuiteo que llegó a emocionarme. Se trataba de un post titulado Esos locos que enseñan, que se publicó en el blog Historias de un maestro cualquiera. Sin dudarlo, me puse a traducir ese texto al gallego. Pero fue sólo el principio, ya que unas horas más tarde me dije: ¿por qué no hago una versión para EducaconTIC?

Hoy en día se habla de unos locos que enseñan, y que lo vienen haciendo desde hace mucho tiempo. Yo los conozco, los he visto demasiadas veces moviéndose a mi alrededor. Son algo raros, no lo niego. Bastantes salen temprano por la mañana y están en el colegio una hora antes de empezar su trabajo. Algunos recorren todos los días más de 100 kilómetros, y otros tantos de vuelta para regresar a sus casas. Por eso, los críticos dicen que están locos.

Las leyes educativas les llegan y desaparecen; ellos se adaptan y ejercen su labor, sin descuidarse. Al parecer, en julio y agosto disfrutan de unas largas vacaciones, que son idénticas a las de sus alumnos, pero no logran desconectar del todo. Piensan en sus clases, en sus asignaturas, imaginan proyectos novedosos, realizan cursos de verano, preparan tareas para el curso siguiente. Cuando comienza el otoño, explican mucho y normalmente llevan caramelos de miel o de limón o de hierbabuena en los bolsillos. Algunos hasta tienen una botella de agua en su mesa. A pesar de todo, su garganta siempre está un poco dolorida, aunque siguen enseñando igual. A veces fuerzan mucho su voz, que se vuelve ronca, pero continúan transmitiendo sus conocimientos con ilusión y cariño.

Yo los he visto, y sé que no están bien de la cabeza; que sea nuestro secreto, por favor. Hay días que salen de excursión con sus alumnos, como en las migraciones, y se encargan de gestionar las autorizaciones y permisos, de recoger el dinero para el transporte y de asumir otras responsabilidades -todavía más- en los comedores escolares, por ejemplo. ¡Pero qué será de ellos! Por la noche, con el insomnio, sueñan con su colegio o su instituto, se les aparecen docenas de planetas giróvagos, ecosistemas de montaña y personajes históricos momificados, como si estuviesen en una sesión de cine de barrio. Me han contado que, por las mañanas, muchos llegan a sus clases cargados con cuadernos pequeños, libretas y exámenes, que corrigieron la tarde anterior en sus casas. Por eso también dicen que están locos, o casi.

Se trata de mujeres y de hombres de diferentes edades, solteros o casados. Pero a todos les apasiona su trabajo, ver crecer a sus alumnos y alumnas, ayudarlos y conseguir que se formen como ciudadanos competentes, también con los nuevos recursos educativos. Los vi muchas veces así, con su esfuerzo, sin desanimarse por culpa de esos discursos que afirman que la escuela ya no ofrece demasiado a los niños, puesto que siempre va por detrás de la tecnología. Ellos piensan que tampoco tiene mucha relevancia preocuparse a diario por la última generación de computadoras pero se esfuerzan en sacar partido al equipamiento informático de su centro. Porque a la escuela, a pesar de todo, aún le queda la fuerza de la palabra y de las emociones. Y las palabras son el vehículo de las ideas, capaces de configurar nuestro propio mundo. Claro que, según cuentan, ese pensamiento hace aumentar peligrosamente su locura.

Es terrible, pero es cierto. Hay gente que asegura de ellos que viven muy, muy bien. Sin embargo, debido a la crisis les recortaron el salario y ellos siguen trabajando con las mismas ganas, o incluso más que antes. Algunos no miran ni su nómina, porque su pasión por la enseñanza es tan fuerte que dejan el tiempo del cobro para otro momento. Es cierto que disfrutan con lo que realizan, y eso no es ningún delito, se animan entre ellos y se dicen adelante, siempre adelante.

De todos modos, no están bien, ya lo dije. Por las tardes se apuntan para hacer más cursos de formación, a veces conduciendo de nuevo durante más kilómetros. Porque no les importa perder tiempo de su ocio para reciclarse, si es necesario. Además, dicen que son autocríticos y que suelen hacer balance de sus experiencias educativas, a lo que llaman memorias. Y también dicen que se frustran cuando no salen bien las cosas, o que se alegran cuando sus alumnos avanzan y progresan.

Están un poco mal de la cabeza, yo los he visto, podéis creerme. No se encuentran en ninguna nebulosa más allá de Orión, ni tampoco cerca de la denominada Puerta de Tannhauser. Ahora mismo están aquí, entre nosotros, en las escuelas, en los colegios, en los institutos, en la Red.

Su nombre es ya una palabra mítica. Dicen que son maestros y maestras, profesores y profesoras, y que se sienten muy orgullosos de serlo en este tiempo de cambios. Porque saben que, en cualquier caso, aún cuentan…

Fuente: educacontic

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s