De la desafección a la iniciativa en el campo educativo.

 
La política educativa protagonizada por el actual Departamento de Educación cabalga sobre dos ejes; los prejuicios y el desprecio sobre los docentes. El economista Maragall, con su orfeón de asesores-tertulianos, han tratado, en los últimos años, de presentar a maestros y profesores como corporativos, inmovilistas, retrógrados e insensibles al cambio, y han actuado con despotismo, tomando decisiones (Pacto Nacional, LEC, calendario, sexta hora …) en contra de la opinión, experiencia y sentido común que caracterizan nuestra profesión. Dado que el ataque directo contra los tutores de nuestros hijos hubiera quedado feo, han preferido concentrar su rabia contra sus representantes sindicales, colocando en el mismo cajón los que acentúan su discurso sobre los aspectos más materiales y los que defendemos la enseñanza pública en su integridad, y su concepción como uno de los ejes del estado del bienestar dónde tanto importante resulta la equidad social como su calidad.

Ha sido un error de los que hacen época. Los mismos guionistas de la Polonia han tenido el acierto de comparar al titular de la consejería con en Bob Esponja, personaje que a nuestros alumnos encanta por su capacidad de transgresión a la vez que por su dudoso comportamiento público. Al fin y al cabo, atacar los docentes es atacar la columna vertebral de la cultura y la ciencia del país. Hay que considerar, por ejemplo, que un porcentaje significativo de los consejos de redacción de las revistas literarias y científicas catalanas es compuesto por maestros y profesores de secundaria. Que los cine-fórums de pueblo son liderados por docentes inquietos. Que es difícil encontrar una asociación sin ningún miembro que pase horas en las aulas de la enseñanza pública. Que buena parte de los ayuntamientos cuentan con concejales (especialmente de cultura) con maestros competentes. Los prejuicios y el desprecio, pues, salen caros al Departamento, y de rebote, pasarán factura a un gobierno que ha contemplado el magisterio como unos indios incontrolados quien confinar a la reserva. Ha sido un error de cálculo, porque, a lo largo de estos durísimos cuatro años, hemos demostrado que no somos apaches, sino más bien el poblado de galos de Astèrix, recorridos de las legiones de la Vía Augusta.

Hay dos elementos contradictorios que caracterizan a los que ejercemos el oficio de enseñar: el idealismo y el pragmatismo. El primero, es consustancial a lo que muchos denominan “vocación”. La inmensa mayoría estamos aquí porque trabajamos para transformar el mundo en una buena dirección. Una serie de valores nos guían. El amor por la cultura, el ideal de una sociedad más justa e igualitaria. La emancipación del individuo mediante el conocimiento. Que el Año Herrero y Guardia haya tenido tanto éxito no es casualidad. Al mismo tiempo, somos pragmáticos por naturaleza. Sufrimos una evaluación continuada por parte de implacables examinadores; nuestros alumnos, que por cierto, no disimulan nunca si no lo hacemos lo bastante bien (a veces tampoco disimulan cuando lo hacemos mejor). Por lo tanto, nos pasamos los cursos desde la dinámica heurística del ensayo y el error. Un ejemplo muy de actualidad; la informática y la escuela. Pocos colectivos profesionales han integrado tan rápidamente el uso de las nuevas tecnologías como nosotros. Ahora bien, de mil “provatures”, queda aquello que funciona. Así, mientras el uso de portátiles en el aula no se ve de gran utilidad en su abuso (desde Cadaqués en Copenhague), los proyectores, las presentaciones, y determinadas planas web se están utilizando en abundancia por su eficacia comunicativa y practicidad. Los apoyos y desdoblamientos (antes de que el Consejero los sustituyera por la sexta hora), habían sido útiles y ofrecido resultados, especialmente entre aquellos alumnos que más ayuda requerían. Las aulas de acogida tomaron forma después de que muchos maestros, de manera colectiva, llegaran a la conclusión que esta era la fórmula menos mala de administrar un problema nuevo e inesperado. La jornada intensiva en la época en que el calor y el cansancio se acumulaban representaba un necesario relajamiento entre alumnos que pensaban más en las vacaciones que en los temarios.

Prejuicios y menosprecio. Los hechos, y no las palabras, han provocado un gran sentimiento de desafección. Fachada al idealismo y pragmatismo docente, la política de partidos (y la necesidad de hacer propaganda) han impuesto a toda prisa, sin experimentación, a la ligera, y sin los medios necesarios, el 1 x 1, unos ordenadores que no llegan, y un libro digital, que todavia hoy, no funciona a primero de ESO. De hecho, esta obsesión por el titular del Departamento nos ha ofrecido la paradoja, digna de ser estudiado, que aunque el actual curso haya empezado antes que nunca (7 de septiembre) la mayoría de los alumnos de primero de ESO no han empezado el temario dado que, ni tienen libro digital, ni ordenador, ni wi-fi (y eso sin considerar las dudas médicas sobre la posible exposición de nuestros adolescentes a tantos campos radioelectric0s). O la necesidad de buscar los votos de las Belén Esteban de barriada, han impuesto un calendario, contrario a la opinión de los docentes y a la lógica climática, y que ha irritado a las comunidades educativas. De hecho, el caso de Hostalric y otros que reclamaban la jornada intensiva todo el año denota una cierta obsesión para emular las ideas políticas de la “princesa del Pueblo”. O mantener una sexta hora que todos los estudios coinciden a considerar responsable del bajón de niveles educativos en las pruebas de sexto.

Hay una cosa que, reconozco, pone nerviosas las organizaciones sindicales. Que los docentes se organicen en su margen y utilicen métodos de acción directa es una de éstos. La negativa a hacer salidas y colonias probablemente puede contrariar en buena parte de la comunidad educativa. Sin embargo, quién escribe este artículo, voz en esta actitud arriesgada y valiente, una manera de defender la dignidad de la profesión. Una manera de demostrar que, a pesar de los prejuicios y el desprecio los docentes todavía poseen la iniciativa que siempre los ha caracterizado, y que los lleva a mantener un liderazgo social en un país que sufre una oleada de desafección con respecto a los nuestros “Bob Esponja” que se sientan en los despachos oficiales. Mientras haya docentes dispuestos a disentir y resistir a las ofensivas antidemocráticas, podemos estar tranquilos. Al fin y al cabo, queramos o no, está en las escuelas e institutos donde se encuentra la delgada línea roja con que separa a la civilización democrática, de la barbarie neoliberal.

Artículo publicado por xavierdiez en el Diari de Girona.
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