UN POQUITO DE TODO

 Albert Ferrer Orts

A punto de empezar el verano o apenas iniciada la estación estival, se desarrollan las oposiciones a los cuerpos de maestros, profesores de Secundaria y Ciclos Formativos.

Cada vez son más los opositores que participan y, a menudo, menos las plazas que la administración oferta. Un despropósito, sobre todo teniendo en cuenta los déficits de personal (y de instalaciones) que arrastran los colegios y los institutos de educación secundaria (ESO, Bachiller y la antigua Fomació Profesional).

Sin embargo, en este contexto de crisis galopante en que se ve la posibilidad de alcanzar alguno de los lugares sacados a concurso público, cualquier opositor es consciente de los tropiezos porque tiene que transitar. Dificultades que no se ciñen sólo a la complejidad del temario, las bondades de las programaciones, a la suerte y otros imponderables propios de una prueba como ésta, sino a los criterios bastante discutibles con que los tribunales puntúan y, especialmente, a sus respectivas composiciones.

Aunque parezca una herejía, vale decir que muchos de sus integrantes ni de lejos son más competentes que algunos de los que opositan, ni en actitud, ni en conocimiento, ni en méritos, ni en humanidad … Son, en un número considerable, si se me permite decirlo, sólo una especie de verdugos que la Consejería de Educación recluta (algunos de ellos se presentan voluntariamente casi siempre) por aquello de hacer un trabajo sucio y desagradecido que, en el rebaño, alguien tiene que hacer.

A nadie medianamente inteligente se le escapan detalles que hacen que pensar, como que te toque en suerte reiteradamente algún mismo miembro en el tribunal, que la antigüedad de muchos de ellos sea irrelevante para emitir un juicio ponderado por falta de experiencia o al contrario, en el caso de tenerla, un obstáculo por aquello de no estar al día de la innovación pedagógica que supuestamente tienen que juzgar …

Todo un desbarajuste cuando, por ejemplo, el ratio en algunas especialidades hace que competir contra la arbitrariedad sea moneda de uso corriente en los procesos selectivos.

No es que sea difícil, en mi parecer, sacarse una oposición de estas características, mucho menos cuando el opositor va preparado y no le traicionen los nervios u otras circunstancias en sesiones maratonianas que no llevan a ningún sitio. Es que el sistema se auto-protege interpretando de cualquier manera los ejercicios y puntuándolos vergonzosamente por aquello de desbrozar el camino cuando más bien mejor. Un proceso opaco que contradice precisamente la máxima democrática de la transparencia que, en estas regiones, ni existe ni se lo espera desgraciadamente. Las hojas y plazos para reclamar se diluyen en la hora de la verdad como el azúcar en el agua, que de eso se trata.

En cualquier centro educativo y universitario el alumno tiene derecho a la revisión del examen y, si no está conforme a pesar de las explicaciones satisfechas por el educando, puede continuar su legítima demanda hasta que una comisión de docentes vuelva a examinar el ejercicio y dictamine cuando hace falta. Curiosamente, en una oposición de estas características, todo el que reivindique el opositor es puramente y simplemente inútil.

Lástima que en nuestro país la justicia sea un privilegio y no un derecho al alcance de cualquier ciudadano, que el mérito claudique ante el oportunismo interesado o arbitrario, que no necesariamente los mejores esten formando a las presentes generaciones o las que vienen.

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