De l’autoritat a la síndrome de Bartleby

Xavier Díez. Historiador
Con el inicio de curso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, anunció la instalación de tarimas en los centros educativos, con la intención de reforzar la autoridad de los docentes. Es un gesto en la dirección de fortalecer una tendencia creciente
entre la clase política, el sarkozysme. El actual ocupante del Elíseo, antes de presidir la République, vano apropiarse de un cierto discurso anti68, muy debatido los últimos años, consistente en atribuir todos los males de la descomposición social a la revuelta individualista y libertaria del mayo francés.

Las tarimas de Aguirre, cómo las medidas educativas de Sarkozy, podrían parecer la tirita que ofrece el agresor después de haber
roto las piernas a su víctima. A lo largo de las últimas décadas, las diferentes reformas educativas europeas en general -y las españolas en particular- han consistido a desautorizar los docentes. Precisamente, autoridad -que podíamos definir como la facultad que tiene cada persona o institución para ser obedecida (potestas, relacionado con el poder) o a obtener el predominio moral en un determinado ámbito (auctoritas,relacionado con el prestigio)- es un concepto difuso, de acepciones nebulosas y por lo tanto utilizable con intenciones contrapuestas.

 
En los cambios legislativos que han transformado la educación, el profesorado (aunque también el alumnado y las familias) ha sido excluido del debate y de cualquier decisión estratégica. La ciudadanía y los votantes, también. Y han sido los grandes intereses económicos, desde la suya tentación de ingeniería social y debajo el paraguas de organismos empresariales como la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) los que han dibujado la educación actual. Quién tiene el auctoritas académica -se supone que los docentes conocen mejor que nadie el funcionamiento y las necesidades del sistema- han estado continuamente desposeídos de una potestas ocupada por intereses empresariales y una creciente demagogia política, con estériles polémicas sobre resultados escolares, eficacia o excelencia. Para poner un ejemplo,la sexta hora a primaria arbitrada por el Departamento de Educación ha propiciado el incremento de la indisciplina en las aulas, según opina uno
68% de los docentes- y ha bajado la capacidad de atención de los alumnos -según un 54%.

Sin embargo, la adicción al populismo barato es lo que caracteriza la democracia de partidos contemporánea. En un momento en qué la competencia entre medios de comunicación ha generado una sociedad de el espectáculo que haría palidecer el propio Guy Débord, las noticias relacionadas con la educación son tratadas con un sensacionalismo basto e insertadas crecientemente a la sección de éxitos. Eso, potenciado por una cierta "demonització" de la gente joven, puerta a la elaboración de uno determinado discurso dominante según el cual el presunto estado lamentable de la escuela es un reflejo de la descomposición social, fruto, al
suyo turno de un exceso de igualitarismo fracasado. La receta, cómo no podía ser de otra manera, es el retorno al pasado, en la vieja escuela, en la antigua jerarquía social de antes del 68, a las presuntas virtudes de la obediencia y aquello que muchos dicen "la cultura del esfuerzo" (el de los otros,se entiende).

Se ha comentado sobradamente la hipocresía de los sustentadores de este proyecto. El mismo Sarkozy, a quien tanto gusta ésta
retórica, no podría haber llegado a presidente -vista la suya peculiar biografía- sin los pervertidos valores soixante-huitards. La suya
obsesión por la recuperación de una determinada liturgia en las escuelas (tarimas, levantarse cuando entra el profesor, la recuperación del Usted) puede generar un cierto consenso entre la comunidad educativa. El problema es que estos gestos, éste ritualismo social, ocultan la manifestación de contenidos profundos que no pasarían de ser una carcasa vacía en una era líquida donde, ciertamente, los vínculos sociales se deterioran a la misma velocidad que se disparan las desigualdades.

 
Es el fondo el que hace las formas y no las formas a las que determinan el fondo. Ciertamente, existe una descomposición social creciente, traducida en una pérdida de referentes compartidos. La autoridad, que comporta un plano de desigualdad entre
individuos, requiere de una relación, aunque asimétrica, bidireccional y simbiótica. Y sin embargo, cerca de las radicales transformaciones impulsadas por el nuevo capitalismo –donde el antiguo burgués pasa a ser uno simple intermediario, el contrato de trabajo, un documento en vías de extinción y la rotación laboral, la destrucción de vínculos interpersonales-, exigir autoridad y respeto ocurre una verdadera utopía, una broma de mal gusto.
 
Ciertamente, la escuela es una reproducción a escala de la sociedad. de ejercer la profesY el profesor, ya sea por los cambios legales y sociales, ha pasado de ejercer una profesión que le era propia, la de enseñar y acompañar en el aprendizaje del alumno, a tener la atribución de otras funciones complejas, contradictorias y, a menudo,de imposible cumplimiento. Sin embargo, continúan siendo la cabeza visible (y, por lo tanto, de turco) de una sociedad donde los que mandan se refugian en
paraísos fiscales y quedan exentos de toda responsabilidad moral y legal.En el mundo económico real, los individuos se someten a presiones terribles; hay que ser más productivos, eficaces, trabajadores, educados… y,en cambio, ya no existen jefes visibles que tengan una relación directa y bilateral con los quien, teóricamente, tendrían que proteger.

En estas circunstancias, cualquier trabajador precario, cualquiera empleado que ve peligrar la suya estabilidad económica o familiar a
el arbitrio de accionistas que ni conoce, cualquier becario que no ha visto nunca un contrato, cualquier estudiante que sabe perfectamente que las oportunidades dependerán más de los suyos contactos que de su currículum …como es posible, pues,mostrar respeto y aceptar autoridad ¿por alguien? Éste, al fin y al cabo, es un sentimiento sin mucho futuro, si el futuro es como lo que diseña el IESE, ESADE o el Círculo de Economía.

Y claro está, aparece el síndrome de Bartleby, que podría definirse como manifestación de actitudes negativas y resistencia pasiva en situaciones interpersonales y laborales. Un presunto trastorno de la personalidad documentado por primera vez durante la segunda guerra mundial para tratar casos de soldados que se negaban a cumplir las órdenes de los seres superiores. En realidad, se negaban a obedecer indicaciones absurdas, en una situación absurda cómo la guerra. Como la guerra diaria a la qual el sistema económico nos envía como soldados de leva. Quizás, más que autoridad, tendríamos que buscar una prestación social sustitutoria a un sistema educativo que, en cierta mida, continúa teniendo un cierto regusto militar.

 
Claro está que, también,los docentes están presentando conductas tipificadas como una variante de este síndrome: la
Passive Resistance tono the Incompetente Authority (PRIA), resistencia pasiva a la autoridad incompetente
 
 

 
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s