Alejandro El Grande

JUAN JOSÉ MILLÁS 03/05/2009

Cuatro películas le han dado fama mundial. Algo que encara “con frialdad y desapego”. amenábar se ha lanzado a una insólita superproducción. ‘Ágora’ es cine como el de antes.

Sin duda, es para estar crecido, pero Amenábar lleva todo eso con modestia (quizá con miedo). Hasta hace cuatro días, por ejemplo, continuaba compartiendo piso con un par de amigos de la época de la facultad, en plan estudiante, pidiendo pizzas para cenar.

“Producir esta película en EE UU”, añade refiriéndose a Ágora (que se estrena en el Festival de Cannes en mayo y llega a España en otoño), “habría sido un infierno. Me habrían pedido que hubiera una historia de amor, que la protagonista no muriera…”.

 A los 19, cuando comienza los estudios de cine (que no terminará), deja la casa familiar y empieza a compartir pisos con distintos amigos (cuarto desarraigo). La vida en estos pisos es precaria, pues no siempre ocupaban la misma vivienda ni la misma habitación. Por lo general, él se quedaba de prestado donde paraba Mateo Gil, su amigo y coguionista. Durante aquella época se movió por varios pisos del centro de Madrid (más desarraigos) y a veces tenía que dormir en el suelo de las habitaciones que le prestaban. Cuando empezó a llegar el dinero (con Tesis, en 1996), se fueron a vivir juntos Mateo Gil, Carlos Montero (el creador de la serie Física o química) y él (en régimen de internado, piensa uno). Y juntos vivieron hasta que hace poco Amenábar decidió independizarse (¿un desarraigo más?). En la actualidad (por primera vez en su vida) vive solo, lo que no le resulta fácil, pues es miedoso. Aunque algunos de sus amigos le han propuesto volver a compartir piso, ha decidido que no, que se va a enfrentar a la soledad y a las turbaciones que comporta. A ver si puede.

Durante una época tuvo verdadera obsesión por los teclados electrónicos, con los que al principio componía canciones y después bandas sonoras (ha compuesto la de todas sus películas, excepto la de Ágora). Parecería lógico que esa pasión le hubiera conducido a la música, pero lo devolvió al cine.

La “frialdad y el desapego” de Amenábar se atenúan notablemente cuando en la conversación salen a relucir personajes como Carl Sagan o Steven Spielberg; del primero, porque quedó marcado por Cosmos, la serie ya citada; del segundo, porque nació al cine con él y porque hace las películas que en cierto modo constituyen su modelo. Hay otros cuya mención provoca picos de entusiasmo en la conversación (Hitchcock o Kubrick, por ejemplo), pero al que más “respeta” es a Spielberg.

Tras contagiar de su entusiasmo a su amigo y coguionista Mateo Gil, y a su productor, Fernando Bovaira, comenzó a documentarse, a aprender, y de este modo fue cayendo de libro en libro y de documental en documental hasta que descubrió a Hipatia, la mujer destinada a convertirse en la protagonista de Ágora, su última película (cincuenta millones de euros, como se ha señalado). Nacida en el siglo IV después de Cristo, en Alejandría, capital de lo que entonces era la provincia romana de Egipto, Hipatia es un cruce de la cultura romana, la griega y la egipcia. Hija de un sabio de la época que decidió convertirla en una mujer excepcional, pasa por ser la cabeza matemática más importante del mundo grecorromano. Pero sus intereses se extendieron a la filosofía (dirigió la escuela neoplatónica) y a la astronomía, siendo responsable de la construcción de instrumentos científicos como el astrolabio, que sirve para situar la posición de las estrellas, o el hidroscopio, utilizado para detectar la presencia de agua y para medir la fluidez de los líquidos. Se le atribuye asimismo la defensa del heliocentrismo y numerosos trabajos relacionados con el cálculo matemático del movimiento de los astros. Su figura, reivindicada por Voltaire y los filósofos de la Ilustración, que contraponían su espíritu abierto y curioso al oscurantismo atribuido a la Edad Media, es también -por razones evidentes- uno de los iconos del feminismo. Carl Sagan se refiere a ella como la última responsable de la Biblioteca de Alejandría, la más importante del mundo de su época y cuya destrucción constituyó una de las grandes pérdidas de la cultura universal.

La biografía de Hipatia, dadas las descripciones que nos han llegado de ella, y que añaden a las virtudes intelectuales señaladas la de una belleza singular, se ha trenzado con su leyenda sin que sea posible, en muchos casos, separar los hilos pertenecientes a una u otra. Lo que sí está documentado es que fue víctima de la intolerancia y del fanatismo, pues murió a manos de una secta religiosa en ascenso -los cristianos-, a quienes molestaba su libertad, su independencia de criterio, su sabiduría y la autoridad moral y política de que gozaba entre sus contemporáneos.

Vista desde una mirada actual, Ágora constituye una reflexión -cuando no una denuncia- de los fundamentalismos de los que todavía, tantos siglos después, todavía somos víctimas.

“La película”, me diría Amenábar, “relata ese momento en el que los cristianos dejan de ser perseguidos para convertirse en perseguidores. Curiosamente, el cine ha contado mucho la primera etapa, pero no esta otra”. “En cualquier caso”, añade, “hemos intentado que no sea ofensiva para quien crea. Hemos querido contar que hay gente buena y mala en todos los ámbitos y en todas las creencias. Le hemos dado al espectador cristiano la posibilidad de identificarse con ese personaje. Ha habido también un intento de plasmar la realidad religiosa desde un punto de vista sociológico y la astronomía desde un punto de vista místico”.

Amenábar, que no fue un “creyente dramático”, tampoco ha devenido en un “descreído dramático” (¿la frialdad y el desapego una vez más?). Evolucionó insensiblemente hacia el agnosticismo y un día se dio cuenta de que era ateo. Fue creyente, añade, hasta que leyó la Biblia y le escandalizó la crueldad de Yahvé en el Antiguo Testamento. Ya cambiarás de opinión cuando leas los Evangelios, le dijeron entonces. Pero apenas abrirlos tropezó con la escena en la que Jesús arrojaba los demonios a una piara de cerdos y no le encontró ningún sentido.

Ágora, por ejemplo, es la suma de un gigantesco decorado, levantado en la isla de Malta, al que se han sumado multitud de efectos digitales. Las imágenes reales y las generadas conviven en esta cinta sin que sea posible distinguir las unas de las otras. De hecho, gran parte del trabajo de posproducción consistió en borrar esa cicatriz, en hacer posible que ambos mundos (el digital y el analógico), más allá de convivir, que no les queda otro remedio, se mezclaran, se fecundaran, se hibridaran, al modo en que se mezclan, se fecundan y se hibridan los metales en una aleación: sin que sea posible distinguir o separar los elementos que la componían. Y esa voluntad del proceso de posproducción, que constituye casi otro rodaje, le hace a uno evocar la dificultad para poner en contacto dos o más concepciones del mundo sin que salten chispas, sin que unas intenten anular a las otras. De eso trata también la película de Amenábar, realizada, asegura él, con voluntad didáctica, con intención de enseñar.

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Un comentario en “Alejandro El Grande

  1. MAXKO dijo:

    Menos "mar a dentro" las demas me parecen obras que se pudieran tutear con el mismisimo Hichscok (o como se ponga jej e) es imenso y con una vision del metrage que te deja en suspene hasta el final haciendote pensar al acabar de visionar.Agora tiene espectativas y rescata del olvido a una filosofa que en su dia fue asesinada por ordas radicales cristianas.Un abrazo

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