¿Zánganos o excluídos?

 

¿Zánganos o excluídos?

JOAN BARRIL

Según un estudio de UGT, ya son 100.000 los jóvenes entre 16 y 24 años que no hacen nada. Por supuesto, viven, piensan, aman, corren. Pero no se les conoce ninguna actividad que ocupe su presente o que prevea su futuro. Los expertos dicen que muchos de esos ciudadanos inactivos en edad activa son el resultado del fracaso escolar. Otros son simplemente chavales hijos de inmigrantes que han llegado aquí con la reagrupación familiar pero que no disponen de ninguna salida laboral. El aforismo clásico dice que "el ocio es la madre de todos los vicios". Pero no estamos en tiempos maniqueos. El inactivo pasa junto a nosotros y se mezcla con el parado, que no es lo mismo. El parado aspira a volver a trabajar, pero el inactivo no tiene todavía consciencia de lo que es el trabajo. Llegar a los 24 años sin oficio comporta una vida sin beneficio. Los gastos corrientes de un joven pueden sufragarse con una simple actividad temporal. Repartir unas pizzas conlleva unos euros que dan para algo pero no para montarse la vida.
Y sin embargo la vida del joven es absolutamente optimista. A los consejos sobre la prudencia en contraer el hábito de fumar ellos aducen que algún día surgirá una pastilla que les salvará del tabaquismo. A las advertencias sobre la dificultad de entrar en el mercado laboral sin ningún tipo de título, ellos recuerdan que se puede llegar a ser rico sin necesidad de estudiar. A las admoniciones sobre el día de mañana los jóvenes se rebelan cantando las excelencias del día de hoy. No se trata ya de reconocer que la llamada "cultura del esfuerzo" no ha calado en esos 100.000 zánganos. Se trata de la credulidad con la que los jóvenes de hoy esperan el milagro sobrenatural que les sacará de una infancia prolongada para meterles tardíamente en una vida adulta muy difícil.
Se podrá insistir en el desastre escolar o en la irresponsabilidad paterna o en la falta de estímulos con los que los gobiernos deberían sacar a ese colectivo de la vagancia. Pero la realidad es más dura que las buenas intenciones. Se exige a la escuela que mantenga sus baremos, se culpabiliza a padres despistados que tampoco saben qué hacer consigo mismos y que viven con la angustia de un expediente de regulación de empleo.
¿Y los gobiernos? ¿Qué pueden hacer los gobiernos cuando los empleadores solo contemplan la fuerza de trabajo juvenil para servirse de ella? En tres años los inactivos se han duplicado. Y nadie quiere ver que el mañana se hace hoy.

  



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