Más por menos

 
Los ideales de justicia, solidaridad, compañerismo y valores éticos que promovieron desde sus comienzos los Juegos Olímpicos no se ven reflejados en las condiciones en las que miles de personas trabajan para producir la ropa y el calzado que utilizarán los deportistas y que llenarán los escaparates de todo el mundo. Todo lo contrario. En muchas ocasiones no se cumplen las normas establecidas por la Organización
Internacional del Trabajo (OIT), no se respetan los derechos fundamentales del ser humano ni los salarios alcanzan a cubrir las necesidades básicas de las familias.
En los últimos 20 años de liberalización del comercio, se han generado millones de puestos de trabajo sobre la base de la subcontratación de la producción por parte de las empresas a través de cadenas de producción globales que exigen costes bajos y mano de obra "flexible". El resultado de todo esto es una situación de presión intolerable para millones de trabajadores y trabajadoras, que viven en permanente estado de inseguridad laboral. No reciben sueldos dignos y trabajan en condiciones deplorables, no tienen derecho a organizar un sindicato que
defienda sus derechos, acumulan horas extras sin cobrar y sufren jornadas de hasta más de 16 horas seis días a la semana.El grueso de la población que está inmerso en este precario mundo laboral son por lo general mujeres jóvenes y, a menudo,inmigrantes. En Kenia, las mujeres representan el 75% de la mano de obra de las fábricas, en Sri Lanka, el 85%, y en Camboya alcanzan el 90%, donde una de cada cinco mujeres
de entre 18 y 25 años trabaja en la industria de la confección. El sistema se ha ensañado con uno de los grupos más vulnerables de la sociedad: las mujeres pobres. Muchas veces los puestos de trabajo generados en los sectores beneficiados por el comercio son la mejor de las alternativas, en cuanto a salarios.Y aunque esos trabajos sólo les proporcionan una mejora marginal en una vida de pobreza extrema, muchas aceptan las condiciones porque prefieren tener un mal trabajo, con un salario deficiente, que no tener nada. En Bangladesh, una mujer que trabaja cosiendo ropa para una multinacional –en su casa o en fábricas– gana más que una que trabaja en una empresa local, pero esto no significa nada, la mayoría de ellas no gozan de baja por enfermedad o por maternidad, pocas están amparadas por alguna cobertura sanitaria o de desempleo y, aún menos, consiguen ahorrar para el futuro.
Mara es una de ellas. Una joven camboyana de 25 años que trabaja en la confección para la marca Adidas. Mara trabaja lejos de su casa, mantiene a sus seis hermanos y a su padre,gana 65 dólares al mes y todo lo gasta en sobrevivir. "Nuestro supervisor nos pide que trabajemos más deprisa, que cosamos bien, y que cumplamos con los objetivos fijados. Mi objetivo es 120 pantalones cada hora. Por esto gano entre 1,25 y 1,50 dólares". Si al final del día no ha terminado de coser 960 pares de pantalones, hace horas extras y ni siquiera se levanta para ir al lavabo para que no le retengan la prima de incentivo mensual.Más por menos A lo largo de las últimas dos décadas, se han ampliado y fortalecido de manera considerable los derechos de las poderosas entidades corporativas. A través de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y de los acuerdos comerciales regionales y bilaterales, las empresas disfrutan ahora de mayor protección,dejando a los gobiernos de los países pobres -donde los ingresos dependen de la exportación- de manos y pies “cosidos”. Estos últimos, deseosos de atraer a los inversores externos, atentan contra los derechos de los trabajadores para poder ofrecer una mano de obra más barata y más flexible.La cadena de suministro de estas empresas es cada vez más extensa y quienes están al final son los que se llevan la peor parte: los trabajadores son obligados por sus directores de fábrica a trabajar más tiempo, más deprisa y por menos dinero. Estos directores de fábrica aceptan plazos de entrega ajustadísimos, fluctuación de los pedidos, y costes unitarios bajos con tal de ser parte de la cadena de producción de las marcas mundiales.
© Fernando Morales, Intermón Oxfam
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