Riccó se dopó con EPO de tercera generación

El ciclismo, que es un deporte que en cada carrera reparte un maillot de líder, carece por completo de líderes sin maillot. Esa ausencia de liderazgo es la que convierte al colectivo ciclista en una masa informe y gris, incapaz de ordenarse o de regularse. Ayer cayó Riccardo Riccó, una de las estrellas de la carrera, y entre los lamentos habituales no se escuchó la denuncia de ningún ciclista. El eterno silencio nos hace pensar que nadie en el pelotón se siente agraviado, que nadie se cree estafado, ni siquiera los que acabaron segundos en las dos etapas que ganó Riccó, ni tampoco sus compañeros, que se han visto obligados a retirarse por el bochorno de su patrocinador. Nadie señala.

Más bien sucede lo contrario. El pasado miércoles, todavía impactados por el positivo de Moisés Dueñas, recogíamos la indignación de Pereiro y Cobo, visiblemente molestos por el celo de los encargados del control antidopaje. "Nos persiguen", se les escuchó decir, como si el ciclismo no diera motivos para la sospecha, como si no hubiera positivos, como si Pantani o Jiménez estuvieran vivos. También es frecuente apelar a la presunción de inocencia o poner en duda los análisis, los laboratorios. Cualquier cosa antes de admitir el problema, el contagio, la enfermedad.

Entretanto, los directores se golpean el pecho. A Matxín se le saltaban las lágrimas al conocer el positivo de su corredor. Si aceptamos que no sabía nada, hay que preguntarse entonces qué clase de control ejerce un director sobre sus ciclistas, a qué tipo de vigilancia médica están sometidos por los equipos. Cuesta creer que el secreto de un dopado, sus ampollas y sus jeringuillas, sean invisibles para su compañero de habitación, para el mecánico confidente o para el masajista amigo.

Hay que confiar en que el único pecado del joven Matxín sea la ignorancia, pero no merecen tanto crédito esos directores que convivieron con el dopaje y ahora tutelan a una nueva generación de corredores. Esos falsos padres debieron irse abrumados por la vergüenza, pero en lugar de hacerlo se apoderaron del negocio y de las licencias, conscientes de las trampas y cómplices de los médicos. Manolo Saiz paga por todos ellos.

Tampoco merece mayor crédito la Unión Ciclista Internacional, que ha recordado demasiadas veces a la policía de Chicago en los años 20. El Tour ha tenido que erigirse como el intocable Eliot Ness para librar su propia guerra contra el doping, con sus propios métodos al margen de la UCI. El resultado es que mientras el Giro se cerró sin positivos (Riccó en segunda posición), en el Tour los tramposos desfilan ordenadamente camino de la comisaría.

Herida.

Riccó ha sido expulsado y el Tour prosigue herido de gravedad, amenazado por la desconfianza. Ayer sumó su tercera victoria Cavendish, que es rápido porque el talento no se vende en frascos. Juanjo Oroz, del Euskaltel, se metió en la escapada del día. Pero pocos prestaron atención a la etapa. El debate sobre el ciclismo alcanza a todos menos a los ciclistas. Hay quien piensa que deberíamos matar a los mitos y retirar los pósters, abandonar esta pasión absurda. Yo sigo creyendo que hay que llegar hasta el final. "No dejar de pelear hasta que la pelea termine". Lo dijo Eliot Ness.

Juanma Trueba

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