Anabel “la 212”,

taxi
 
 
Nunca acabo de sorprenderme con la gente del taxi. Para mí esos coches son una especie de caja de los prodigios donde una ni se imagina lo que puede encontrar: filósofos, analistas políticos, grandes conversadores o reconcentrados silenciosos, críticos taurinos, expertos en artes marciales, fieles devotos de santos poco conocidos, apasionados de las fiestas de Hogueras, psicólogos espontáneos, urbanistas aficionados, hinchas del Barça, qué sé yo, un panorama humano variopinto, dispar y absolutamente fascinante: los taxistas. Con todo, tengo que reconocer que mis preferencias se inclinan inevitablemente, supongo que por pura solidaridad de género, del lado de las mujeres taxistas; que ya tenemos unas cuantas circulando por la ciudad, a pesar del gesto de desconfianza que (¡todavía!) se le cuelga en la cara a más de un cliente cuando, al abrir la portezuela, en vez de una calva de probo padre de familia descubre una sedosa melena femenina. En especial cuando el cliente es mujer, tirando a mayor y de la vieja escuela casi siempre, que hay señoras a las que no les acaba de entrar en la cabeza que la Dirección General de Tráfico ha realizado ya más de un estudio y todos con el mismo resultado: la mujer, al volante, es más precavida y tiene menos accidentes que el hombre, estadísticas cantan. Y se da la circunstancia de que esas mujeres del taxi, además, son luchadoras, seguras de sí mismas y, todas las que me he encontrado hasta la fecha, dotadas de un envidiable sentido del humor. Algo muy de agradecer cuando te derrumbas en el asiento de atrás sintiéndote aplastada por un cúmulo de problemas y, como por ensalmo, a los cinco minutos de conversación se te ha cambiado el genio y empiezas a ver la vida con un colorcillo más amable. Por ejemplo, la 212. Anabel se llama y ha sacado adelante ella solita a golpe de taxi, la repajolera vida tiene estas cosas, a tres hijos como tres soles. Levantándose de noche para estar en el tajo a tiempo y multiplicándose, pero los ha sacado. Y encima ha encontrado tiempo, ella sabrá los entresijos del milagro, para embarcarse en una empresa ciertamente insólita y desde luego hermosa: crear una revista que recoja las interioridades verdaderas del mundo del taxi. Cinco compañeros más, de momento, participan en el proyecto ya convertido en realidad, y como en este gremio a la gente se la conoce tanto por su nombre como por el número de su licencia, así será menester citarlos: Jordi, 242; Jesús, 264; Estefanía, 39; Juan, 204, y el 294, Paco, que es el que se ha pegado el curro de hurgar en el Archivo de la ciudad para rescatar del olvido los datos y las fotos ya levemente sepias de los taxis antiguos y de los taxistas pioneros, con su uniforme y su gorra incluso, que corrían otros tiempos y lo de los uniformes estaba muy al uso porque, decían, daban respeto, seriedad y fundamento. A la revista recental la han bautizado ALTA, siglas de Alternativa Libre Taxistas Alicante. De entrada, ya piensa una que han sabido escoger con acierto las palabras, cualquier alternativa es siempre un camino abierto al infinito, y de la libertad qué vamos a decir: más que el aire para las personas, algo imprescindible para poder respirar a gusto. Al parecer algún recelo han despertado entre las dos, digamos, instituciones del gremio, Tele Taxi y Radio Taxi, pero ellos dicen que de qué ni de dónde van a robarle protagonismo a nadie, que lo suyo es otro campo, amplio por demás, y que en él caben cómodamente los quinientos treinta y pico taxistas de Alicante. Que de lo que se trata es de apostar por la cultura y abrir una a modo de casa común donde todo el que quiera pueda escribir, exponer, participar, sugerir, contar. Por lo pronto uno de los hijos de estos emprendedores ya ha colgado en la red una página web: altataxi.blogspot.com, abierta a todo el mundo, y esperan adhesiones, opiniones, algo. Dice Anabel que en el número 0 de ALTA recogen, por lo pronto, un resumen de la Ley del Consell sobre los problemas que les afectan, e inauguran distintas secciones para dar cabida a todo lo que de cerca o de lejos les atañe: los libros, el rincón del poeta, la página del cliente para que vuelque sus quejas o sus felicitaciones sobre el servicio, las medidas de seguridad que necesitan para protegerse de atracos intempestivos, los establecimientos en donde por ser taxistas les darán un trato diferenciado, las iniciativas que se podrían emprender para hacer de su trabajo diario un espacio humano más cómodo, más solidario, más ilusionante, más feliz. En el corazón de una ciudad ácida y agobiada, Anabel y cinco taxistas más acaban de inaugurar un remanso de calidez. Gracias, buena gente. Y suerte.
Angeles Caceres.
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